Benimassot, en sus tiempos, fue uno de los pueblos más ricos del valle de Ceta - situado dentro de la comarca del Comptat - en el corazón de las montañas de Alicante. Visto desde el punto de vista actual, donde el sector primario languidece debido a múltiples motivos que no son objeto de este pequeño relato, parece difícil de creer, pero en la época a la que nos referimos era una realidad palpable. Tan palpable que era de todos conocido, que en su iglesia, había muchos detalles de la misma decorados con polvo de oro. La fama de su bonanza económica se extendió hacia fuera del pequeño valle de Ceta, atrayendo los intereses de los amigos de lo ajeno y provocando uno de los robos más singulares de los que se tienen noticias.
Era un domingo, temprano, el momento en que las gentes del pueblo se hallaban reunidas en su totalidad en la iglesia de Benimassot, oyendo misa. De pronto irrumpió en la misma una banda de “roders” (bandoleros) – se dice que era una docena larga – llegados de la Marina, cubiertas sus caras con pañuelos de hierbas (a cuadros) y otros camuflados con tizne (mascarados) y cubiertas sus cabezas con amplios sombreros.
El robo fue planeado hasta el más mínimo detalle: se vigilaron las entradas y salidas del pueblo, así como controles sobre la Plaza Mayor, donde está situada la Iglesia, costera del Vicari, camí de la Font de Baix,… Luego se sujetaron las puertas de la iglesia con cadenas, inmovilizando incluso las campanas para impedir cualquier intento de aviso al exterior.
Una vez controlada la situación, los bandoleros procedieron a pasar lista de los vecinos del pueblo, principalmente a los “potentados” (dueños de las grandes heredades). Esto demuestra que este robo a gran escala de Benimassot, había estado guiado por persona bien conocedora del pueblo y de sus gentes, lo cual quedó corroborado cuando uno de los bandoleros encendió un cigarro en una de las velas que iluminaban el Sagrario, teniendo que bajar un poco el pañuelo que le cubría el rostro. En ese instante, la tía Marieta le pareció reconocerlo como un habitante del vecino pueblo de Balones, exclamando su nombre en alto. La reacción del bandolero fue inmediata, tirando a la anciana de bruces y amenazándola con degollarla si le descubría.
Dominado estos primeros instantes de confusión, los bandoleros fueron sacando por turnos de la iglesia a los más ricos, acompañándolos a sus respectivos domicilios. Al tío Savall, al negarse a descubrir donde estaban escondidos sus dineros, fue amenazado con prenderle fuego. Lo mismo ocurrió con el tío Pep de la Plaça, al cual metieron en una “xabega” zarandeándole hasta doblegarlo. Más dócil, comprendiendo que no había otra solución que entregar sus tesoros, fue el “senyoret” don Bruno Estruch, quien incluso se ofreció a abonar lo de otros vecinos más reacios, para evitarles daño.
El dinero se hallaba escondido en los lugares más inverosímiles: Al subir las escaleras de una vivienda, debajo de uno de sus ladrillos se hallaron varias tinajas. Otro escondrijo lleno de monedas y joyas, estaban introducidas dentro de un tonel, en las bodegas (fueron descubiertas por el cambio de sonido al golpearlas durante la búsqueda.
Una vez vaciadas las arcas de los vecinos de Benimassot, se cargo el preciado tesoro en varios talegos, sobre caballerías. Para completar el trabajo se amenazó a todo el pueblo con que aquel que denunciase el hurto, hallaría al día siguiente una cruz roja en su puerta que equivaldría a su sentencia de muerte.
Amplia repercusión tuvo este robo por toda la zona circundante, acudiendo mucha gente de los alrededores para interesarse por el hecho. La Guardia Civil de Cuatretondeta, lugar donde se hallaba situado el cuartel desde donde se patrullaba esta amplia comarca, se dice que acudió a Benimassot de paisano, portando los fusiles camuflados en cajas de cirios.
El caso fue que nunca apareció rastro alguno que pudiera llevar a atrapar a los bandoleros, ni a recuperar los talegos con las monedas y las joyas. Solamente se puede comentar que a los pocos días, junto al “pouet” de Soler, aljibe situado en el barranco de Malafí, camino hacia el valle de Ebo, fueron halladas unas monedas en el suelo, que se sospecha que fueron restos del reparto del botín, diseminándose a partir de allí la cuadrilla en distintas direcciones para evitar las suspicacias de los vecinos de los pueblos por donde tenían que pasar. Cerca del mismo pozo se halló el cuerpo de uno de los ladrones, presumiblemente muerto por sus propios compañeros durante el transcurso del reparto del botín.
Algunos de los actuales vecinos de Benimassot aseguran que grandes extensiones de tierra de la Marina, fueron adquiridas con el botín que se obtuvo en el gran robo de Benimassot, mentándose incluso el nombre de algunas haciendas.
A raíz de entonces, escarmentados, los hombres de Benimassot no volvieron a entrar todos juntos en la iglesia, quedándose siempre algunos fuera haciendo guardia.
Citar al Sr. Francisco G. Seijo Alonso (académico correspondiente de la Academia de Cultura Valenciana), autor del artículo publicado en el diario Información el 1 de Junio de 1.986, que ha servido de fuente de este resumen.